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Toda historia que valga la pena ser contada, requiere de un héroe o una heroína. Es una figura siempre dispuesta a salvar el día (y a lo mejor la película). Siempre tiene una misión, un propósito que compete a toda la humanidad. Sin su presencia, el apocalipsis tiene todas las chances de permanecer. 

En The Breakfast Club nos encontramos con cinco héroes adolescentes. Cinco valientes que, fuera de su propia realidad, jamás se habrían cruzado para hablar sobre lo horrible que es el mundo, el odio hacia sus padres o lo estúpido que es el director de su escuela.

La princesa, el cerebro, el atleta, el criminal y la irresponsable (denme una mejor traducción para basket case) son, en apariencia, adolescentes con problemas. Aunque si miramos en detalle, encontramos a todos los representantes de los grupos sociales, de la escuela secundaria, reunidos en una biblioteca, un sábado 24 de marzo de 1984, a las 7 de la mañana. ¿Qué los une? Su mala conducta.

A medida que la película avanza, el criminal deja de ser un chico desafiante y rebelde, amante del bullying, para transformarse en víctima de sus propias palabras. John Bender (Judd Nelson) es el clásico abusador que es abusado en su hogar a través de la violencia física y verbal, principalmente de su padre. Y todo lo que puede hacer es reproducirlo en críticas al mundo y un excesivo machismo que escupe hacia la princesa.

Claire Standish (Molly Ringwald). La chica popular, linda, llena de plata, que come sushi y se cree un ejemplo a seguir solo por formar parte de un grupo “privilegiado”. Eso es lo único que tiene para mantener su psiquis en pie, ya que sus padres se encargan de destruirla con su divorcio. Aún cuando le prestan atención, no es lo que ella espera.

Todo lo contrario a la irresponsable, o la loca, la ansiosa, la artista escondida, la adicta al azúcar, la transgresora: Allison Reynolds (Ally Sheedy), la que está en ese lugar porque se siente sola. A diferencia de Claire, ella no tiene amigos. Ni los busca. Sus padres la ignoran. Es una mentirosa compulsiva que necesita de la terapia para sobrevivir a un mundo sofocante. 

Brian Johnson (Anthony Michael Hall) la acompaña con esta misma sensación en la punta de la lengua. Su falta de aire es generada por la presión de sus padres que lo arrastran a una perfección abrumadora. Una línea de notas constantemente buenas, que en algún momento dejan de serlo y su segunda alternativa, como escape, se convierte en un intento de suicidio fallido.

Esa misma angustia puede verse en Andrew Clark (Emilio Estévez), que al contrario de Brian es sofocado por la presión de ser un ganador como su padre. Un atleta, un luchador profesional que no puede ni darse el lujo de descubrir la vida que anhela. Para él, el éxito y la aceptación de su padre van de la mano con el maltrato hacia otros. Sin que lo sospechemos hasta casi el final del largometraje, Andrew rompe su código de conducta y maltrata a otro estudiante, solo para ser aceptado por las ambiciones y valores de su padre.

Lo que en apariencia es una típica película repleta de hormonas, en profundidad llega a convertirse en las hazañas de cinco héroes que tienen el valor de abrirse mutuamente y conformar un nuevo grupo. Un club unido por emociones que los conectan más allá del estatus social, en el que viven inmersos. 

Por un momento dejan de moverse en piloto automático. Entienden que aún con el dolor de esa etapa, donde el control pareciera estar en sus padres para siempre, la conexión con su propio sentido de la humanidad es la única herramienta capaz de rescatarlos del océano en el que nadan.

La princesa, el criminal, la irresponsable, el cerebro y el atleta dejan de ser un estándar al compartir sus carencias, sin temor. Es de esta manera que pasan a ser los héroes de una generación que los observa atenta, desde el otro lado de la pantalla, con los mismos miedos y las mismas ganas de libertad. 

Con ellos, el fuego de la rutina parece desvanecerse y tomar otro color. Es posible que los límites de quiénes somos, en lugar de quienes el mundo espera, puedan empezar a borrarse de una vez. Quizás los héroes están a una conversación de distancia. Será cuestión de borrar las etiquetas y animarse a escuchar.

Acerca del autor

Florencia Gatell

Esta es Flor. Actualmente trabaja como Social Media Manager en una agencia de medios/creativa y estudia Psicología en la UBA. Le apasiona investigar, conocer los avances que se hacen en Redes Sociales y también poder ver el impacto que hay de la comunicación en esos medios. Además es bailarina de Flamenco y escribe un montón y sobre todo poesía, amor que desarrolló hace más de 10 años leyendo, interesándose y haciendo talleres con gente muy copada como Daniel Mecca y Laura Yasán. Hoy también desarrolla su narrativa con Agustina Tracey, en los talleres del Cuaderno Azul. También tiene un podcast sobre poesía y con entrevistas (La revolución de los Pájaros), porque como estudió periodismo, le gusta dar a conocer otras historias, escuchar otras voces. Y quizás se anime más a hacer stremings en Twitch, pero el tiempo dirá. Flor vino acá a escribir sobre todo lo que la mueva emocional e intelectualmente. Está bueno recordar que no somos meros entes lógicos, si no una combinación y más.

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