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Aquel fin de semana donde vi la película de Adian Lyne, llovía. Un pibe que me gustaba y con el que salía, de repente me dijo que estaba con otra persona y por WhatsApp. Una cagada. Esa tarde de sábado me refugié en el sillón con el mate, porque no había mucho que hacer y ya había llorado un ratito para descomprimir el sabor a decepción. Me puse a buscar pelis y encontré una que siempre había escuchado, pero no había visto: Nueve Semanas y Media. “¿De qué se tratará?”, recuerdo pensar. No busqué la sinopsis. Muchas veces me gusta dejar que la historia me sorprenda. Y ahí empezó este texto, sin que yo tuviera idea.

La primera vez que Elizabeth (Kim Basinger) ve a John (Mickey Rourke), en un mercado oriental, queda hipnotizada por su sonrisa. Son dos desconocidos, pero de alguna forma terminan por reflejarse. El encanto queda sellado tras el primer regalo de John: un reloj dorado. “Solían hipnotizar a la gente con el sonido de tic-toc”, le cuenta y luego consulta si podría recordarlo todos los días, a las 12 en punto, tocándose como si él estuviera ahí. 

Bella Swan (Kristen Stewart) deja la soleada Arizona, junto a su madre, para adentrarse en las profundidades de la lluviosa Forks, donde vive junto a su padre, Charlie, jefe de la policía local. El encuentro con Edward (Robert Pattinson) inicia en su nueva escuela, cuando almuerza con sus compañeros en la cafetería. El efecto de su aparición es casi inmediato: Bella queda atrapada bajo la mirada color miel de Edward.

Anastasia (Dakota Johnson) aparece en la oficina de Christian (Jamie Dornan), para entrevistarlo, porque su amiga Kate no puede ir a causa de una gripe, y su torpeza parece encandilar. Ella lo observa cuidadosamente al hacer preguntas y al final de la entrevista, mientras las puertas del ascensor se cierran aparece la magia.  El encuentro de miradas en ese instante marca el inicio de la atracción. Casi como un hechizo.

Todas estas historias tienen mujeres como protagonistas centrales de la trama y cada una en distintos momentos de la vida, pero con algunas similitudes. Todas poseen cierto grado de timidez, no conocen exactamente todo de sí mismas y se topan en su camino de confusión o cambio con hombres que las dejan sin habla. Hombres poderosos, dueños de compañías, jefes de áreas de negocios importantes y vampiros inmortales, como si fuera poco. La posición de poder de estas mujeres siempre queda por debajo del hombre del cual se enamoran; sus problemas, bien gracias. ¿A quién le importa encontrarse si el otro nos resuelve la vida?

Son personajes que buscan proteger a estas mujeres “atrapadas” en la vorágine de un mundo cruel y peligroso. Ellos son la salvación a todas sus dudas, guardianes de cada paso que dan. No pueden dejarlas solas y se auto proclaman peligrosos, directa o indirectamente. Como si eso fuera una actitud de moda. Se comportan como chicos malos, a veces caballeros, con juguete nuevo.

En todas las tramas el sexo también tiene un punto en común.  Elizabeth, quien atraviesa un divorcio, ahora vuelve a encontrarse sola. Aún lo procesa y busca muy de a poco quién es después de dejar un matrimonio. Su faceta aniñada sale a la luz con John, quien se deleita en ver a alguien tan dispuesto como ella a probar experiencias nuevas, aún con el temor de salir lastimada e intuyendo cuál será el final de la relación. Si bien Elizabeth no es virgen, la primera vez que intima con John, él le pide vendarle los ojos con una tela blanca. Ella, además, viste blanco en toda su ropa, lo que nos recuerda a los vestidos de novia. El traje de las vírgenes. Como la película juega todo el tiempo con la temática de BDSM, podemos pensar que si bien ella no es “virgen” técnicamente, sí lo es en ese mundo.

En la saga de Crepúsculo, Bella no tiene sexo con Edward hasta el matrimonio, porque él no quiere y prefiere esperar. En algunos momentos notamos que el deseo de la protagonista es manifestado, quizás de manera confusa para ella misma, tímida, pero todos lo vemos: es real. Y otra vez, no importa lo que ella quiera: debe esperar a consumar un acto o dar al menos un beso, dependiendo del deseo de su amado. Que sí, ya sabemos: es un vampiro, tiene una fuerza descomunal y puede lastimarla. Sin embargo, ella es la que debe dejar de ser humana para vivir una vida a su lado y llegar a conquistar parte de lo que anhela.

Ya en 50 sombras de Grey, otra peli con temática BDSM, Anastacia se entrega sin muchas preguntas a un hombre que la deslumbra piloteando su helicóptero privado, entre otras habilidades. Un chabón que, antes de conocer su virginidad o incluso su historia completa, le da un contrato de confidencialidad para que no hable de él con nadie. Luego la lleva dentro de su cuarto de juegos y por último le ofrece ser su dominante. Cuando Anastacia le confiesa su situación de virgen a Edward no sólo le brillan los ojitos, también toma este instante como si hubiese encontrado un tesoro. Y si él lo encontró, entonces, debe ser suyo. Gran arma de posesión. “¿Dónde has estado?”, es la frase que prueba el punto. Un tipo que busca poseer a una mujer virgen, sin experiencia, y que desde el primer momento maneja como quiere.  

Por otro lado, tenemos en escena tres “vírgenes” entregándose a hombres que aman incondicionalmente, casi de inmediato, y sin hacerse demasiadas preguntas. Mujeres que acceden a los deseos del otro, sin profundizar en los propios y que terminan por acceder a las propuestas de parejas que ansían protegerlas de todo el mundo, menos de ellos. 

Las mujeres acceden y deciden, aún conociendo el peligro, inconscientemente, a conocerlos y ser parte de su ecosistema. Quizás el amor de Bella y Edward sea el más inocente, el que mayor romanticismo destila en la trama, porque la escritora de la saga es mormona. Quizás es esa estructura la que hace que Meyer presente esa lucha constante entre el deseo de Bella y las reglas morales impuestas por su novio, y luego marido, en torno a lo que significa tener una relación. 

De todos modos los roles de poder están marcados. Lo mismo sucede con Anastasia y Christian, Elizabeth y John. El final feliz queda reservado para las películas más actuales de nuestra época, en este caso Cincuenta Sombras. Donde siempre, aún incluso ante las incoherencias, hay un final “feliz”. Donde la familia y los hijos son dos hitos a alcanzar, sin importar que las mujeres presentes en esas historias no tomen el coraje de hacer otra cosa.

Sólo Nueve Semanas y Media, película que en Estados Unidos no tuvo el éxito esperado, es sincera al final. Vemos a un John que despierta momentáneamente de su sueño, de su juego constante, de su niñez atravesada por un mundo adulto en el que aún no sabe cómo vivir. Donde termina por entender que la apertura emocional también es un factor clave al momento de vincularse. Lamentablemente (spoiler alert), comprende, ya muy tarde, los resultados de sus acciones. John pasa casi dos meses con Elizabeth, incitándola a ser su sumisa, asustándola, pero premiándola al mismo tiempo, y esperando que esa mecánica persista en el tiempo. Todo se rompe cuando él traspasa los límites del consentimiento, donde propone juegos sin conversar previamente. Donde introduce una mujer a uno de sus encuentros, una prostituta, y la delgada línea entre el juego y los límites del otro, se prende fuego hasta convertir su relación en cenizas.

Elizabeth está devastada, pero lo suficientemente cuerda como para abrir la puerta e irse para no regresar. Ella es la única mujer que rompe la línea de los otros relatos y tiene la valentía suficiente para irse, optar por su bien, su deseo, aún cuando John se arrepiente. 

Quizás Anastacia debería haberse ido cuando tuvo la oportunidad, en la primera parte de la trilogía. En el medio la quieren arreglar haciendo que tenga un trabajo copado, pero que luego pasa a quedar bajo la tutela de su marido que compra la empresa. ¿Hacía falta? Vuelve así a ingresar en un espacio donde depende de un hombre y su dinero para atravesar cualquier adversidad. Su poder queda relegado, aunque lo quieran decorar y después justificar con un jefe abusivo. 

Y no olvidemos a Bella, quien renuncia a su mortalidad por pertenecer a un mundo de fantasía, donde pareciera que siempre estuvo o al que siempre perteneció. Pero le lleva varios tomos de la novela llegar a esa conclusión. 

La sexualidad femenina no sólo abarca un orgasmo, las sensaciones o la cantidad de juguetes que use. Abarca la libertad de elegir con quién, cómo y cuándo. También radica en poder descubrir su propio poder, sus puntos fuertes y las aristas de su propia personalidad así como su deseo. Pero pareciera que el mundo de la literatura y del cine venden más cuando siguen reproduciendo sistemas de opresión, alimentando nuestros miedos, y construyendo fantasías que nos alejan de la realidad. Es casi como si quisieran que nos mantuviéramos educadas bajo una única perspectiva: la de dejar todo por el otro, hasta nuestra dignidad. 

Hoy son necesarias otras narrativas que muestren la posibilidad de vincularse sanamente con el otro. No hace falta destruir nuestra psiquis para sentir que estamos vivas. Para alimentar el vacío que nos provoca la sociedad, con su presión constante de nunca envejecer, mantenernos activas y con una familia que sostenga las tradiciones. Ese es uno de los caminos posibles. Pero si no nos permiten explorar nuestra sexualidad, más allá del estereotipo, quizás nunca conozcamos la potencialidad de nuestro ser.

Acerca del autor

Florencia Gatell

Esta es Flor. Actualmente trabaja como Social Media Manager en una agencia de medios/creativa y estudia Psicología en la UBA. Le apasiona investigar, conocer los avances que se hacen en Redes Sociales y también poder ver el impacto que hay de la comunicación en esos medios. Además es bailarina de Flamenco y escribe un montón y sobre todo poesía, amor que desarrolló hace más de 10 años leyendo, interesándose y haciendo talleres con gente muy copada como Daniel Mecca y Laura Yasán. Hoy también desarrolla su narrativa con Agustina Tracey, en los talleres del Cuaderno Azul. También tiene un podcast sobre poesía y con entrevistas (La revolución de los Pájaros), porque como estudió periodismo, le gusta dar a conocer otras historias, escuchar otras voces. Y quizás se anime más a hacer stremings en Twitch, pero el tiempo dirá. Flor vino acá a escribir sobre todo lo que la mueva emocional e intelectualmente. Está bueno recordar que no somos meros entes lógicos, si no una combinación y más.

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